“Mi estatus electoral es de derrotado”; la sentencia de la mayoría me apartó del proyecto que se llevará a cabo en los próximos cinco años para el país que amo, el Perú. Abatido por el irresoluto inconcluso de los candidatos demócratas; en quienes confié y a quienes deposité mi primer voto; con ello, no sólo electoralmente, sino de confianza. Pero la historia moderna viró su mirada hacia el pasado, siempre pasivo y embelesado de podredumbre política. Sin líderes democráticos, vimos cómo tres de ellos sucumbieron a la codicia o al sueño más profundo.
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